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Columna de opinión de Daniela Noreña, directora ejecutiva de Fundación Fútbol Más.
Hablar de convivencia escolar es hablar de cómo nos relacionamos, resolvemos nuestras diferencias y construimos espacios donde cada niño, niña y adolescente se sienta parte. Son aprendizajes que no ocurren únicamente dentro de una sala de clases. También se desarrollan cuando jugamos, compartimos una cancha, enfrentamos una frustración o celebramos el logro de otro.
En Fundación Fútbol Más hemos visto que el deporte puede abrir oportunidades valiosas para trabajar estas habilidades. Pero también hemos aprendido algo fundamental: para que esos aprendizajes permanezcan en las escuelas, es necesario trabajar junto a sus docentes, técnicos y directivos.


Quienes enseñan no solo transmiten contenidos. Todos los días acompañan emociones, median conflictos, fortalecen vínculos y generan condiciones para que sus estudiantes aprendan. Por eso, entregar herramientas para abordar el desarrollo socioemocional desde la educación física y el juego no es una tarea complementaria: es parte de construir comunidades educativas más sanas.
Ese es uno de los sentidos de nuestro programa Escuelas implementado en la región de Atacama y en otras siete regiones del país. A través del trabajo compartido en las clases, buscamos que las y los docentes incorporen recursos prácticos para promover la colaboración, el respeto, la participación y la resolución pacífica de conflictos. No se trata de sumarles otra responsabilidad, sino de reconocer su experiencia, fortalecer las posibilidades que ya existen y trabajar en conjunto.


Esta semana, esos aprendizajes encontraron un espacio de encuentro en la Copa por la Sana Convivencia Escolar, realizada en Atacama junto a Kinross y que reunió a cerca de 200 estudiantes de Copiapó, Paipote y Tierra Amarilla. Más allá de los resultados deportivos, la jornada permitió poner en práctica aquello que se construye durante el año: jugar con otros, respetar acuerdos, reconocer las buenas acciones y entender que convivir también se aprende.
Una copa dura un día. Lo importante es lo que queda después: docentes con nuevas herramientas, estudiantes que encuentran otras formas de relacionarse y escuelas que siguen construyendo comunidad, dentro y fuera de la cancha.
